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Atrapado por el dengue

dengue - Raimon Escapa - Bicicleta i Manta

Llevo una semana con el dengue. Una semana encerrado en una pensión del centro de Ciudad de Guatemala. La verdad es que últimamente las estoy pasando canutas pero como hace tiempo que mi historial viajero –mononucleosis, sarna, malaria, picadas de insectos varios…– me recuerda que debo completar la colección entera, me estoy tomando la convalecencia con calma y tranquilidad, a ver si saco algo bueno de todo ello…

Todo empezó el martes pasado cuando, con la bici y la ropa de ciclista a punto para empezar a pedalear a primera hora de la mañana siguiente, decidí salir a dar mi último paseo por la capital. Me encontraba perfectamente y observaba el humo y el asfalto ensordecedores de la ciudad con condescendencia, pensando que pronto los dejaría atrás para adentrarme en algún bosque tropical o tumbarme en alguna playa paradisíaca del Pacífico. Per de repente, mientras cruzaba un paso de cebra, un escalofrío petrificante me recorrió el espinazo haciéndome sentir como si un autobús escolars reconvertido en monstruo colorido me aplastara el esqueleto desde el cráneo hasta los pies.

Al cabo de una hora de andar a pasitos como un anciano de noventa años conseguí, por fin, regresar a mi pensión. Me acosté y procuré respirar profunda y pausadamente con el fin de olvidar el creciente dolor que se apoderaba de mis ojos y articulaciones. Pero el autobús monstruoso seguía pisando mis huesos una y otra vez, hasta que de la puerta del conductor salía una silueta misteriosa que se me acercaba en la oscuridad. Era el malvado de Célula, que se abalanzaba contra mí y me chupaba la poca energía que me quedaba.

Por la noche, al dolor físico y a las pesadillas se le sumaron fiebres, temblores y sudores fríos. A las tres de la madrugada las sábanas estaban tan mojadas que tuve que desplegar mi saco de dormir y tumbarme en el suelo para intentar entrar en calor. Pero continué sudando como un cerdo y temblando como una hoja hasta bien entrada la mañana.

Cuando me bajó un poco la fiebre conseguí dormir un par de horas y acumular algo de energía para levantarme e ir a visitar un médico. Antes de salir a la calle intenté ducharme, pero cada vez que intentaba alcanzar el neceser, la toalla o la ropa limpia que guardaba en mi remolque, tenía que tumbarme un rato para calmar la taquicardia que me ocasionaba cualquier mínimo esfuerzo. Las sensaciones eran muy similares a las que tuve cuando enfermé de malaria hace unos años.

Después de unos cuantos intentos decidí abandonar la idea de ducharme, así que salí a la calle con un aspecto decrépito y bastante vergonzoso (básicamente por la fama que tenemos en Latinoamérica). Cosas de la vida, al salir de la pensión empezó a llover y el agua me sirvió para quitarme las legañas y camuflar un poco mis cabellos grasientos y roñosos. La Cruz Roja estaba a menos de un quilómetro, pero tardé treinta y cinco minutos de reloj en llagar –contando el pit stop que hice en la parada de un vendedor ambulante que me cedió su silla plegable al verme un poco apurado.

Diagnóstico para impacientes

El doctor Mendoza no tardó ni dos minutos en diagnosticarme el dengue. Tal y como me advirtieron cuando tuve la malaria, esta vez también me prohibiron las aspirinas y el ibuprofeno. Al tratarse de medicamentos anticoagulantes podrían provocarme una hemorragia interna –«Dios no lo quiera»– y causarme la muerte por desangramiento. Antes de despedirnos, el doctor me mostró este mapa y me recomendó lo siguiente: ‘La llaman la enfermedad quebrantahuesos, así que si tenés a alguien que te cuide para que no te tengás que levantarte de la cama, mucho mejor.’

Después de darle la mano y pasar por caja para pagar los 20 quetzales de la consulta, salí a comprar frijoles negros refritos, plátanos, manzanas y papayas para poder pasar una semana entera sin tener que salir de la habitación. Como en Trainspotting.

Las dos noche siguientes fueron tan duras como la primera, pero a la tercera dejé de tener fiebre y sueños paranoicos y semiconscientes que se repetían en bucle hasta el amanecer.

Eso sí, una semana después de contraer el virus continuo andando como un viejito y regresando agotado a la habitación cada vez que salgo para ir al lavabo compartido de la pensión.

Pero más allá de los dolores y la falta de energía, lo peor de todo es el mono que tengo por subir otra vez a la bici después de haber estado parado por más de tres semanas –antes del dengue ya había parado dos–. Necesito recuperar la sensación de aventura y libertad de pedalear por pueblos y montañas desconocidos. He de oxigenar la mente y volver a generar las endorfinas que me da la bicicleta en mi vida cotidiana.

Si permanezco demasiado tiempo en esta pensión sórdida y ruidosa corro el riesgo de apalancarme más de la cuenta. El tío de la habitación de al lado es insoportable, no para de fumar una hierba putrefacta que se filtra por las paredes de mi habitación y, además, se tira unos pedos y unos eructos realmente vomitivos. Por si poco, tiene una novia gritona que ya no sé cómo mirar cuando me la cruzo por el pasillo… Tengo que terminar cuanto antes con el dengue y con este ‘virus oportunista’ –así lo nombró el doctor Mendoza– que se me ha instalado en la garganta. Necesito respirar aire puro para volver a sentirme bien.

Reconozco que tengo los ánimos un poco decaídos y que la ciudad donde me encuentro, la pensión donde estoy y la rata que corre por debajo de mi cama cuando apago la luz no me ayudan a recuperar las buenas vibraciones. No es la primera vez que paso por una situación parecida y por lo tanto sé que la experiencia puede jugar a mi favor. No sólo porque sé cuidarme y pasar las horas muertas sino también porque he aprendido a pasarlo mal de una forma más o menos constructiva que me ayuda a valorar –o mejor dicho, me ayudará– un montón de cosas que antes no sabía apreciar. Sobre esto estoy convencido.

Y si tal decaimiento ha de servirme de alguna otra cosa, quizás también sea para bajarme de la nube particular donde paso la mayoría de mis días en ruta y recordar que la gente que no sonríe es posible que tenga motivos de sobras para no hacerlo.


Después de escribir todo este rollo me siento realmente agotado. Así que una de dos: o me voy a la cama a descansar un rato (por fin me han cambiado las sábanas), o bien agarro la pastilla de jabón, me acerco al lavadero y lavo toda mi ropa sudada para estar al pie del cañón cuando pueda volver a pedalear. ¿Qué hago?

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7 Responses to Atrapado por el dengue

  1. Jan 26/08/2015 at 15:23 #

    Animo Raimon!!!!! Estas historias pasan y luego (cuando han pasado) son buenas anécdotas para contar, ahora, que mientras estás en ellas te cagas hasta en lo más sagrado!!

  2. Marc 26/08/2015 at 15:30 #

    Com avuí, 26 d’agost és el Dia Internacional contra el Dengue, que millor que reivindicar-ho ara que ho estas patint.

    Ànims!, en un dies taras ja rodant de nou

  3. Isabel 27/08/2015 at 15:06 #

    Anims.!!!!..jo tambe vaig tenir dengue pero del fluix (del bueno que diuen por ahí). El teu parece del malo. Cuida’t com dius que saps fer i descansa que malgrat la impaciencia el mon t’esperara per continuar amb tu la teva aventura. Una abracada!!!!

    • Raimon 01/09/2015 at 19:55 #

      Moltes gràcies, Isabel!

  4. Sara carrillo 31/08/2015 at 20:59 #

    Raimond amigo!! Recuerdas que cuando me platicaste que te dio malaria yo te dije que aqui en loreto avia algo parecido ocea el dengue. Gracias a dios que puedo leerte un poco desmejorado pero acumulando historias que contar un habrazo desde loreto tu amiga sara

    • Raimon 01/09/2015 at 19:56 #

      ¡Hola Sara! Qué alegría saber de ti. Espero que todo bien en Loreto. Se echan de menos aquellos cafés y aquellas calles. Habrá que volver cuando esté bien. :) ¡Abrazos desde Guatemala!

      • Sara carrillo 01/10/2015 at 18:26 #

        Espero verte de nuevo pero ahora en mi durango aca en loreto el calor insoportable y los mosquitos nos traen bueltos locos. Me agrada que me contestes asi se de ti y platico a mis amistades que tengo a un loquillo amigo recorriendo el mundo

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